“..algunos dan marcha atrás cuando no ven la salida,
otros siguen caminando hasta encontrarla..”
La vida no es un camino llano y fácil donde si nos asomamos divisamos la meta al final del recorrido. Por el contrario, es un laberinto lleno de callejones falsos, callejones que parecen no tener salida, un sendero lleno de obstáculos, de hierbajos y matojos que hay que ir quitando a lo largo de “ese” camino que “nosotros” debemos elegir.
Nos perdemos, nos confundimos, lo vemos oscuro, nos da miedo, lloramos, nos enfadamos, algunos dan marcha atrás cuando no ven la salida, otros siguen caminando hasta encontrarla, unos se rinden en el camino, otros luchan hasta el final confiados de que así llegarán a la meta. Pero, ¿de qué meta estamos hablando? ¿Esa meta es común a todos nosotros? ¿Tenemos que caminar todos por el mismo camino para encontrar “eso” que nos dicen que tenemos que encontrar? ¿Qué buscas? ¿Lo que te ha dicho tu padre? ¿Quizás lo que te ha ordenado e impuesto? ¿Has estudiado la carrera que han creído que era la mejor para ti, la que te convenía porque tú tenías que ser abogado? ¿Sigues con tu pareja a pesar de no quererla, no amarla sólo por miedo a no encontrar a otra persona y quedarte solo? ¿Sigues en tu trabajo a pesar de que sientes que ya no eres feliz en él? ¿Has dejado de hacer aquello que era tu sueño, tu ilusión, lo que te hacía despertar todos los días porque alguien te ha dicho que eso no te daría de comer y que era una pérdida de tiempo? Si la respuesta es afirmativa entonces no tienes una meta, tienes una especie de “deber” que te han marcado los demás según “sus metas”, según sus experiencias, según sus fracasos o éxitos. Quieren marcarte las pautas de tu vida, los pasos que tienes que dar y de cómo tienes que darlos. Seguro que lo han hecho con buena voluntad e intención pero nadie tiene el derecho de marcar tu camino y a definir tus objetivos. Pueden aconsejarte pero no pueden obligarte, no pueden enfadarse contigo por no hacerlo y por querer vivir tu vida como quieres vivirla. Todo esto que nos impide vivir como queremos vivir es la sociedad, la cultura, las etiquetas, el materialismo, la publicidad, las noticias, la política y… nuestro miedo de no ser aceptado por esta “sociedad” que nos aleja cada vez más de nuestro “yo”, de nuestras creencias, de nuestras ilusiones. Tenemos tantas y tantas capas protegiéndonos para no sufrir que no nos permite ver quiénes somos realmente. Si no controlamos a nuestras emociones, las emociones nos controlarán a nosotros y acabarán bloqueando muchos aspectos de nuestra vida. En este caso, el miedo es nuestro peor enemigo y es el que se encarga de ponernos todas esas capas y de no poder dar los pasos que realmente queremos dar.
Puedes tener en mente la mayor locura del mundo, la más disparatada idea, pero llevarla a cabo y hacerla realidad eso es lo que te hará realmente feliz y sentirte vivo porque como escuché en una ocasión, la felicidad no es otra cosa que la certeza de saber que vamos por el camino correcto. Nosotros tenemos que encontrar ese camino y por muy difícil que les parezca a los demás, es el nuestro, es el que hemos elegido y el que nos acompañará a nosotros, no a los demás que nos rodean. Cada uno tendrá el suyo propio. ¿Quieres que desaparezcan tus miedos y temores? ¿Quieres luchar por “eso” que tanto merece la pena para ti pero no para los demás? ¿Quieres sentirte bien contigo mismo para poder hacer sentir bien a los demás? ¿Quieres dejar de tener miedo por emprender eso que tanto deseas y que no te atreves a hacerlo? ¿Quieres ver que todo esto que te estoy preguntando no es tan difícil de conseguir como tú piensas? Si conoces tus emociones, si conoces tus pensamientos y en definitiva, si te conoces realmente podrás quitar todas tus limitaciones y alcanzar lo que deseas. Todo es posible, si tú quieres, si tú lo permites.
Nos hemos acostumbrado a echar piedras sobre nuestras emociones y a enterrarlas y con eso pensamos que desaparecen. Cuando menos lo esperamos llega un terremoto interno y desentierra todo eso que estaba oculto y vuelve a la superficie y nos damos cuenta de que sigue estando ahí y lo curioso es que nos sorprende. Tenemos que aprender a no enterrar sino a afrontar, hacerle cara a cara a la emoción por muy doloroso que pueda parecernos pero es la única forma de permitir que se vaya. Conecta con ella, siéntela y luego deja que se vaya lo mismo que entró. Es como el aire que respiras, necesitas inspirar el aire para vivir pero una vez que lo inspiras y recorre tus pulmones permites que se vaya para seguir viviendo. ¿Qué pasaría si te quedaras ese aire sin poder exhalarlo? Pues las emociones son igual. Déjalas entrar pero también déjalas salir porque si se quedan dentro de nosotros por mucho tiempo sin duda alguna acabamos enfermando.
La inteligencia emocional te ayuda a conectar con tus emociones y a saber trabajarlas pero también te ayuda a no “cargar” con las emociones de los demás. Podemos trabajar el apego emocional. ¿Qué sientes? La tristeza que sientes es tuya o quizás esa tristeza es la de tu madre, la de tu hijo, la de tu pareja… ¿Sabes reconocer de quién es esa tristeza o quizás tienes una confusión emocional que no te permite ni siquiera reconocer lo que sientes? La práctica de la inteligencia emocional te puede ayudar a saber distinguirlo y a separar tus emociones de la de los demás y por consiguiente a que dejen de afectarte en tu vida. Aprendes a escuchar mejor, a ayudar de corazón, a acompañar a otra persona en momentos difíciles pero sin tener que sentir las emociones que las otras personas sientes porque esa emoción es suya, no tuya pero tú la sigues amando igual. No te sientas culpable por no sentir su emoción, siéntete agradecido de poder ayudarla mejor.