“..he aprendido en todo este tiempo es que en realidad,,
nada es inamovible y por supuesto, nada es como me lo enseñaron..”
Según vamos creciendo, vamos adoptando costumbres, hábitos, emociones, sensaciones que vamos aprendiendo de nuestros mayores. Esas costumbres, actitudes y hábitos, al igual que un pensamiento repetido infinidad de veces, se convierte en una creencia, esa creencia llega a tener tantísima fuerza que la hacemos real, única, verdadera y decidimos que “las cosas son así”.
Cuando “las cosas son así”, no dejamos, ni consentimos que otras personas, otros seres humanos nos convenzan de lo contrario, nuestra flexibilidad se vuelve nula y luchamos por mantener esa creencia, actitud, o costumbre por encima de todo y de todos y juzgamos a los demás como “buenos” o “malos”, “amigos” o enemigos” dependiendo de ese rasero que nos hemos puesto, y no consentimos nada más.
O están conmigo o están contra mí. Y los juzgamos duramente, porque las cosas son “como yo digo”, “como yo las hago”, y como siempre el Ego presente nos quiere convencer de ello para tener razón y sentirnos mas fuertes, más inflexibles. Pero si hay algo que he aprendido en todo este tiempo es que en realidad, nada es blanco o negro, nada es inamovible y por supuesto, nada es como me lo enseñaron. Las costumbres, creencias o actitudes, me ayudaron en ciertos momentos y circunstancias, pero la adaptabilidad, el ser capaz de darme cuenta que las cosas no siempre son como yo las veo, me ha ayudado a crecer de otra forma.
Me he dado cuenta también, que las personas mayores son (aunque no las únicas) a las que más les cuesta esto, se aferran a estas actitudes, costumbres, situaciones para reafirmarse y seguir ahí, como si al aceptar el cambio les quedase menos tiempo de vida, y creo que es mas bien al contrario, envejeces y mueres si te quedas quieto, si no creces y das la oportunidad al cambio y si por el contrario eres flexible “como una caña de bambú”, que tanto nos gusta decir a los Reikianos, entonces, la vida es mas larga y mas dulce.
He de agradecer a mi padre, “el hombre rígido” como yo le llamo con todo mi amor, esto que os acabo de escribir, veo en él esa rigidez, ese hacer las cosas porque son así y no hay más, no hay otras posibilidades, otros caminos, ni una mejor manera de hacerlo, pero tal vez gracias a su rigidez yo me empeñe, desde la adolescencia, por eso de llevarle la contraria, en buscar otra cosa, y me di cuenta que su forma de hacer las cosas no me valía y empecé a aprender de otros que el cambio y la adaptabilidad son posibles, así que se lo agradezco desde el fondo de mi corazón, con la esperanza de que también él un día cambie si ha de ser así, y sea “una caña de bambú” aunque sea en el último segundo, del último minuto, de la última hora de su vida, porque hasta entonces, todos tenemos tiempo de cambiar y de DARNOS CUENTA.